Columnistas

Pancracio mañanero

(Por: Diego Petersen / El Informador Jalisco)

La vida siempre pone frente a uno el libro correcto en el momento adecuado. Ayer sucedió. Lo encontré en el prólogo a “Las historias prohibidas de Pulgarcito” del poeta salvadoreño Roque Dalton (Ed. Baile de sol. Islas Canarias, 2009). En él Rafael Menjivar Ochoa escribe: “El poder necesita gritar como predicador en iglesia de dudosa santidad: los feligreses no deben dejar de ver hacia el frente, hacia él, que cuenta historias de apocalipsis aterradores e improbables, pero fascinantes.  Una simple mirada de reojo al vecino de la izquierda propiciaría -por comparación- la revelación: los gestos del hombre santo son ridículos, su voz es ofensiva, sus palabras no llevan a ningún lado… Y el encanto se rompe”.

Y no, no estaba describiendo las mañaneras de los últimos días sino las formas de poder. Bastó que durante el ritual que oficia día con día el presidente los feligreses voltearan a verse los unos a los otros y comenzaran a atacarse para romper el encanto. Lo habían advertido miembros del gabinete, analistas, críticos y seguidores del presidente: gobernar con la palabra tenía enormes riesgos, aceleraría el desgaste y propiciaría el desencuentro. Sucedió.

El choque entre reporteros y paleros era inevitable. “Bastó un mirada de reojo al vecino de la izquierda…” para darse cuenta de que lo que ahí sucedía era cada vez más una manipulación que una rueda de prensa, que lo que menos fluye en las mañanas es información, aunque se hable durante dos horas de los asuntos nacionales. Las mañaneras tienen todos los días un tema a cargo de algún funcionario y el resto es una mezcla de preguntas a modo, choros lucidores, pequeñas trampas para ver si tropieza el presidente y, por supuesto, alguna que otra pregunta seria y bien planteada que busca obtener información puntual sobre asuntos relevantes, pero son la excepción.

Lo que se rompió esta semana con la confrontación entre los periodistas y los pseudo periodistas no es el ambiente fraterno entre colegas de la prensa, sino la confianza básica en que lo que ahí sucede es real. Nunca dudamos de la calidad como luchador del Perro Aguayo, pero todos sabíamos que el resultado era manipulado y establecido de antemano. Lo mismo comienza a sucederle a muchos mexicanos con la conferencia mañanera: ahí está el presidente enfrentando día a día a representantes de algunos medios, pero eso cada vez parece más un pancracio que una rueda de prensa.

Con la popularidad a tope y el recurso fresco de los pésimos resultados del gobierno anterior, todos los días se podía salir a ruedo, enfrentar el toro “con historias de apocalipsis aterradores” y llevarse las orejas del enemigo como trofeo. Año y medio después, con la popularidad a la baja, resultados mediocres y la ineficiencia del gobierno como marca de la casa, cada salida al ruedo la posibilidad de una cornada será mayor.

El público no quiere ver a los tancredos, quiere las faenas prometidas del matador. Pero, como en la escena descrita por Menjivar, hoy “sus palabras no llevan a ningún lado”.

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