Columnistas

La UNAM y las universidades allende Cuautitlán

(Por: Diego Petersen / El informador  Jalisco)

En la UNAM hace aire y allende Cuautitlán también. Los paros y protestas en la Universidad Nacional Autónoma de México son, como siempre han sido este tipo de movimientos, una mezcla de demandas precisas, peticiones absurdas y politización generada desde centros de interés particulares. En mayor o menor medida todos los movimientos tienen los tres elementos, y, por supuesto, las autoridades y la clase política, del presidente para abajo, tienden a enfatizar la mano negra, al masiosare en turno, ese extraño enemigo que viene de fuera solo para desestabilizar.

Pensar que no hay una base social y demandas concretas reales en los paros de las prepas y las escuelas es una forma de evasión de la realidad. Es evidente que a las autoridades universitarias les cuesta un enorme trabajo entender la forma en que las y los jóvenes de hoy procesan sus exigencias, pero el que no lo entiendan no quiere decir que no sean reales. La demanda de seguridad y que se evite el acoso de las mujeres estudiantes son exigencias legítimas y de urgente resolución, aunque las formas de hacerlo no sean las que la visión patriarcal quisiera.

Pero, así como es cierto que las demandas feministas son legítimas también lo es que la alternancia en el poder y la llegada de Morena han envalentonado a muchos actores en los estados y en la propia UNAM para tratar de romper las estructuras de poder vigentes en las universidades. El primer caso y que debe obligarnos a levantar antenas es la eliminación, de un plumazo y con madruguete en el Congreso del Estado, de la autonomía de la Universidad de Nayarit. La tentación de los gobernadores y grupos políticos de controlar a las casas de estudio es enorme, no solo por lo que son presupuestalmente sino por el capital político que representan.

El gran error que podríamos cometer es meter a las universidades en el mismo saco. Todas tienen problemas de administración y en todas hay cacicazgos, pero las diferencias entre unas y otras, entre Sinaloa y la UNAM, son enormes. Abolir viejos caciques para nombrar jóvenes caciques, que más temprano que tarde se harán viejos caciques, no tiene ningún sentido. Abrirlas a las demandas populares a cambio de bajar aún más los niveles académicos, menos aún.

Democratizar las universidades pasa necesariamente por una mayor transparencia y exigencia de rendición de cuentas en el uso de los recursos, por institucionalizar los procesos y definir los caminos de acceso a puestos, por asegurar la libertad de cátedra y de pensamiento. No hay que bajar sino subir las exigencias en el ingreso, pero al mismo tiempo hay que asegurar políticas de discriminación positiva o acciones afirmativas que den prioridad a grupos vulnerables. Así como la trampa de los caciques es amenazar con que son ellos y solo ellos los que pueden domar políticamente a las universidades, la trampa de los que quieren desbancarlos es asegurar que cambiando de liderazgo político se resuelven los problemas. Tan falso lo uno como lo otro.

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